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El instinto de una ciudad que soñaba.

La luz de la ventana entra con fuerza y desarma el silencio.
El sol golpea marcando líneas precisas sobre el espacio que respira la modernidad de un México que aún creía en el futuro.
Las sombras son duras, como la vida que se abre paso desde el siglo pasado.
En esta habitación, el tiempo parece quedarse quieto, detenido en el reflejo de una ciudad que se soñó ordenada y luminosa.
La geometría se vuelve memoria, y la memoria, una forma de luz.