En Puerto Escondido, donde las olas golpean con fuerza y el mar ruge sin descanso, un instante de larga exposición convierte ese estruendo en calma. Las rocas permanecen firmes mientras el oleaje, normalmente imponente, se suaviza hasta parecer detenido, como si el tiempo dejara de correr. En esta calma momentánea surge “El rumor del oleaje”, un guiño inevitable a Mishima: la memoria de un mar que, aun siendo feroz, también sabe susurrar.
Rumor del oleaje
